iTernative.

Hoy he estado de nuevo metida en una conversación sobre el cierre de Megaupload, las leyes antipiratería y la crisis de la industria del entretenimiento. Es así. El tema está en todas partes, y sin poder evitarlo, hoy ha surgido -otra vez- de forma espontánea en medio de una conversación con una amiga que por una vez tratándose de alguien de mi entorno, está fuera de ambos bandos. Ella me preguntaba qué es lo que pensaba sobre lo que estaba pasando, y yo, resumiendo, -para variar también- le he dicho que habíamos pasado de un tipo de abuso hacia el consumidor que había quedado atrás con los años, a otro tipo de abuso por parte del consumidor, y que ninguna de las dos formas era correcta. Que uno de los talones de aquiles de la industria siempre fué el soporte. Las extintas cintas de cassete, las de VHS o incluso el CD quedaron fuera de juego por tratarse de soportes inestables, y altamente vulnerables a la copia. Que la forma de vender cultura anterior se había agotado, que estaba obsoleta y que simplemente debía reaccionar ante los nuevos tiempos y llegar a un término medio, porque el todo gratis no es, desde luego, la solución.

Sin darme cuenta llegué a claves interesantes cuando le expliqué como yo misma dejé  de utilizar programas P2P hace unos años. Sucedió con iTunes. Y con iPod. Me explico.

Hace unos años, la cosa resultaba tan simple como bajar música o películas por P2P, lo cual era rápido pero no infalible: Problemas de formato, calidad, nombres de archivo y en ocasiones, sorpresas desagradables en forma de troyanos. A eso había que añadirle el proceso de quemar un CD como soporte para esa música o video, o en su defecto, pasar de forma “manual” esos archivos al reproductor mp3/mp4 que actuaba como un disco externo.

Y ese era también mi método diario. Hasta que un buen día, no fuí capaz de encontrar un archivo en concreto y accedí a iTunes desde mi iPod Touch. En cuestión de segundos, en tres simples gestos tuve el tema en mi reproductor. Ahí estaba. Sin complicaciones. Perfecta calidad, sin necesidad de preocuparme por convertir formatos, con información detallada, cover, y sin peligro alguno de virus ni daños del dispositivo. Y lo más importante, sin hacer daño a nadie. De forma totalmente legítima. Aquellos tres gestos supusieron apenas unos céntimos que me ahorraron trabajo y me proporcionaron la garantía de tener lo que quería tal y como lo quería, respetando además al artista. Así es como yo dejé de utilizar programas P2P y medios alternativos, mucho más problemáticos.

Y mientras contaba todo esto, me iba dando cuenta que en el fondo, ese punto medio no debería estár tan lejos. Se dice constantemente que el futuro de la industria está en la venta digital, que las ventas a través de iTunes son las que están empujando los beneficios del sector, y tal vez, la verdadera clave esté en familiarizar al usuario que aún desconoce esta fórmula. Hacerle saber que si además de disponer del catálogo en un ordenador es el propio reproductor el que lo pone fácil, el que actúa como medio además de soporte, y ayuda en el proceso de descarga, todo son ventajas frente a las descargas ilegales. Es el usuario quien verdaderamente gana, el que mejora su experiencia. Tal vez la clave sea esa.

Si un iPod me ha convencido a mi, -y a millones de personas en todo el mundo- como método definitivo para descargar y almacenar cómodamente mi música, películas, aplicaciones e incluso libros, olvidándome de complicaciones, ¿por qué no va a convencer a los todavía escépticos?

Pero es solo una pregunta. Yo, buscando alternativas al P2P, sólo recordaba como dejé de utilizarlo.